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No la busques más, poeta.
¿Por qué te afanas buscando
esa musa que no encuentras?
¿A qué tanto desvarío?
¿Por qué romper tu cabeza
si la musa que persigues
la tienes de ti tan cerca
que unas veces te acaricia
y muchas, muchas, te besa?
¿No sabes de quién te digo?
¿Es que acaso no lo aciertas?
Vuelve la cabeza y mira
la faz tranquila y serena
de esa anciana que sonríe
en tanto que te contempla.
Mírala temblar sus manos
cuando coge tu cabeza
y la reclina en su pecho
donde tanto amor encierra.
¿No te inspiran esas manos
serpenteadas de venas
que bien puedes compararlas
con las mismas azucenas?
¿No te inspiraron sus brazos,
que son de amor las cadenas,
cuando en lazos de ternura
a su pecho te sujetan?
¿Y su sonrisa al mirarte?
¿Y su mirada tan tierna?
¿Y el calor de sus entrañas,
que también calor te prestan,
cuando el desengaño frío
en tu corazón penetra?
¿Verdad que sí, que te inspiras?
¿Verdad que tu musa es esa?
¡Qué tonto fuiste buscando
lo que tuviste tan cerca! |