Un nido en las cumbres
No llores, zagalillo, si en el campo
cubriéronse de escarcha los tomillos.
No me llores si acaso las heladas
quisieron sin calor dejar los nidos.
No te importe si el viento se levanta
del lecho de los trigos
y quiere atravesar la pluma leve
del pájaro que duerme en los olivos.
Si tú no tienes madre que te arrope
con el blando plumón de su cariño.
Si tú buscas calor y no la encuentras.
Si tú temblando estás cual pajarillo
su nido no encontró,
no llores más, zagal, vente conmigo.
Yo quisiera llevarte hasta la cumbre
donde al beso del sol nacen los lirios.
Donde la luz no duerme.
Donde encuentran calor todos los niños.
Allí donde también, Pastor humilde,
pues traje de pastor lleva consigo,
otro Niño, que en brazos de una Estrella
paréceme un clavel que se ha dormido,
hace tiempo sin duda que te espera
pues quiere ser tu amigo.
Yo quisiera que el cáliz de una rosa
pudiera ser tu nido.
Yo quisiera que el manto de una Estrella
sirviérate de abrigo.
No me llores, zagal, porque si lloras,
tal vez otro Zagal llore contigo.
No me llores y ven, que por las sendas
donde el aire se va poniendo tibio,
apoyando su mano en los bordones
se ven los peregrinos.
Ellos buscan también, como tú buscas,
el más dulce cariño.
También buscando van calor de madre
lo mismo que lo busca el pajarillo.
No llores más y ven, porque la aurora
me dice que el Clavel no está dormido.
No me llores, zagal, porque te espera...
y quiere ser tu amigo.
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Corvetas y rejones
¡Virgencita de Araceli!
Echa tu Manto a la tierra.
Manda Arcángeles que pongan
en el ruedo tus banderas,
que ya va Pepito Porras,
flor apenas entreabierta,
caracolas dibujando
con su jaquilla torera.
Clavellinas y jazmines
en las mantillas se enredan.
El sol clava sus rejones
sobre el oro de la arena
y un rejón de escalofrío
se extiende por la barrera.
Jaquilla blanca que rizas
en el aire tus corvetas:
Corre que un torito negro
va cortando tu carrera
dando cornadas al aire
henchido de rabia ciega.
¡Ay, toro, torito negro!:
No corras en la pelea,
la tierna mano de un niño
ha puesto en tu capa negra
un clavel tinto de sangre
con lazos de fina seda.
El sol sigue perforando
con sus rejones la arena.
La tarde, que huele a flores,
se viste para la fiesta
y allá va Pepito Porras,
con su garbo y su majeza
dibujando caracolas
con su jaquilla torera.
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