Antonio Roldán

Vida y obra

Semblanzas y recuerdos

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Así era mi padre

Antonio Roldán Martínez, año 2000

 

Sueño tu canto perdido,
y al oír tu voz ausente
vuelvo a caminar contigo.

Han transcurrido doce años desde la muerte de mi padre. En ese tiempo la angustia de su ausencia ha sido sustituida por la ternura de su recuerdo, y por eso puedo describir con serenidad y más perspectiva cómo era en su intimidad. Por su carácter más bien reservado, su pueblo, que conoció muy bien su obra, supo bastante menos de su persona. No se prodigó en actividades sociales, ni siquiera en las propias de su afición a la poesía. Vivió como en la sombra, dejándose conocer tan sólo por sus romances y coplas, y reservando lo mejor de sí mismo para sus seres queridos. Por eso es de justicia que en nombre de la familia, que ha tenido la suerte de compartir tantos años su inspiración poética y su gran corazón, complete con estos párrafos la visión general que en esta publicación se desea hacer de su persona y obra.

 

La persona

 

Sólo los pájaros saben
trazar caminos de luz
entre los pliegues del aire.

 

Algunas personas, muy pocas, nacen con un regalo especial, y es el de descubrir la belleza directamente. Son personas que logran con una mirada, con un golpe de intuición, lo que a los demás nos cuesta mucho tiempo de trabajo. Así fue mi padre, rápido en la palabra, directo en la observación y con una sabiduría especial para distinguir lo bello de lo vulgar. Yo no me enteré hasta el final de mi niñez de que apenas había cursado estudios, a causa de ciertos episodios de falta de salud y de su temprana dedicación al campo. Me costó trabajo creerlo, pues desde niño me habían rodeado mis padres de actividades culturales, especialmente de música y poesía. En nuestra casa siempre estaban a la vista las partituras musicales, impresas o manuscritas, y los hijos presenciábamos los grandes ratos que mi padre pasaba tocando la guitarra clásica. No faltaban las novelas, poesías y obras de teatro, y las visitas hablaban frecuentemente de temas culturales. Recuerdo ir de su mano a los ensayos del grupo de teatro de la Agrupación Cultural de la que era presidente. ¿Cómo podía esa persona haber tenido tan pocas oportunidades de estudio y sin embargo interesarse tanto por la cultura? Evidentemente era algo innato, un regalo de Dios.

Su pensamiento tenía atajos que los demás ignorábamos. Por eso no le gustaban las complicaciones, sino lo pequeño y sencillo de la vida. Todos sus nietos recuerdan la inclinación que mostraba hacia cosas que no se suelen valorar suficientemente en nuestra forma de vivir: los animales, los gestos espontáneos de un niño, la más pequeña flor del campo,... Cosas que creemos que son complementarias en la vida, quizás por ser gratuitas, para él eran fundamentales. Ahora, cuando los hijos vamos cumpliendo años, comprobamos que tenía razón. Yo también ahora me detengo a menudo en ver cómo abre una flor o cómo aterriza un pájaro en su árbol y conservo esas experiencias como pequeños tesoros que me ayudan a vivir.

Por el contrario, apenas le interesaba la política o las discusiones filosóficas. Le recuerdo muy bien cuando en las noches de verano, al reunirnos la familia, discutíamos de política en los tiempos de la Transición Española, y él callaba, sólo algún comentario anecdótico, y se marchaba de cuando en cuando a la soledad de su butaca, para regresar más tarde sorprendido de que el tema nos diera para tanto. Sin embargo, si cambiaba la conversación a hechos o personas concretos, se incorporaba a la tertulia y aportaba sus trazos de humor e ironía que nos divertían a todos.

Su inteligencia natural hacía que destacara en temas que generalmente parecen reservados a personas con más preparación. Dominaba los números, y a los hijos nos enseñó el cálculo mental rápido. Recuerdo ir con mis padres al cortijo subido en un mulo y a mi padre proponiéndome cálculos: “40 por 4, le quito 20 y lo multiplico por 3”. También me hacía contar al derecho y al revés aprovechando la numeración de los postes de teléfonos de la carretera.

Tenía también un gran amor por las palabras. Usaba el diccionario a diario, hasta gastarlo por el uso y recibir como regalo otro nuevo. En sus últimos años lo consultaba mucho para los crucigramas, por los que tenía mucha afición. Frecuentaba la Biblioteca del Ayuntamiento, y nos acostumbró a acudir a ella y a usar el servicio de préstamos.

Fue muy habilidoso en trabajos manuales y mecánicos. Le interesaban los coches, las máquinas y todo tipo de aparatos. Como yo compartía su afición, llegó a regalarme hasta tres mecanos. Uno de sus paseos favoritos era a la estación para observar las maniobras de los trenes. Practicó el revelado de fotografía, en unos tiempos en los que era complicado adquirir el material necesario. Yo le recuerdo usando un papel con el se conseguía revelar con la luz del sol. Le gustaba también mucho trabajar la madera. Practicaba con una simple navaja decorando varas de olivos, transformando en cestos los huesos de aceituna o tallando directamente sobre un bloque. En una ocasión le concedieron un premio por una cadena que confeccionó de una sola pieza, a base de calar los eslabones en un trozo de madera de naranjo. Se expuso en Córdoba y recibió comentarios muy elogiosos. Pero, como es sabido, destacó sobre todo en la música y la poesía.


Su campo

 

Si he de volver a estar vivo
pediré ser un zorzal
viajero entre los olivos.

Su amor al campo constituía casi una religión para él. Y no digo naturaleza, sino campo, porque una parte importante de su interés era todo lo relacionado con las labores agrícolas. No disfrutaba sólo del paisaje, sino de los rastros de la mano del hombre sobre él. Todo lo que entendía nos lo enseñó a los hijos, y, lo que es más importante, nos contagió a los dos ese amor, de tal manera que ahora que vivimos en una gran ciudad reservamos un tiempo para seguir la vida de la naturaleza que nos rodea, y le recordamos continuamente, porque sabemos que habría disfrutado mucho a nuestro lado en esos momentos.

Mientras pudo, salió todos los días de Lucena en distintas direcciones buscando olivos y sementeras, generalmente intercalando el paseo entre sus múltiples visitas a las tiendas como agente comercial. A veces le acompañábamos toda la familia, y era nuestro guía y director de la ruta: “Hoy por el viaducto. Otro día subiremos al cerro Hacho”. Cuando una planta, cultivo o animal tenía algún carácter especial, se paraba a explicarlo. En invierno no le importaba mucho que amenazara lluvia; casi lo prefería. Recuerdo la imagen de un día, regresando de la Sierra, con un chaparrón impresionante y todos comiendo naranjas bajo los paraguas, con la risa feliz que él nos contagiaba. En las grandes nevadas de los años cincuenta y sesenta, mi padre y yo fuimos de los primeros que salimos a los campos para mojarnos las botas en ese elemento tan desconocido en nuestra tierra.

No es casual que una de sus primeras poesías fuera “Déjeme usted aquí en el cerro”. Fue una declaración de principios. Aunque no lo dijo nunca, sabíamos que en parte el protagonista de la composición era él, que se sentía más a gusto en el ambiente natural y sin artificios de un cortijo que en el de una gran ciudad. De joven vivió muchos días en el campo, recorriéndolo de forma incansable. Con catorce años ya iba solo por los caminos con su caballo. Cazaba, vigilaba las labores, andaba casi todo el día entre los olivos y después volvía a veces a Lucena, ya de noche, recorriendo diez kilómetros. Tuvo que ser muy feliz en esa época. Después, ya mayor, le daba pena que se mataran pájaros, y apenas hablaba de caza, pero el amor por el campo siempre le acompañó. Le llevábamos en coche a los sitios que él había recorrido de joven y veíamos en su cara la felicidad de los recuerdos.

 


Religiosidad

 

 

Dios baja a beber al río,
busca la sombra del árbol
y reconstruye los nidos.

 

El carácter directo e intuitivo de mi padre se descubría especialmente en sus sentimientos religiosos. También en esto tenía sus líneas rectas, que le permitían una relación de hijo con Dios y con su Virgen de Araceli. No necesitó más teologías ni catecismos que el sentarse en una piedra del camino y observar la creación a su alrededor. Dios existía porque estaba ahí, entre los olivos. Su Virgen también estaba ahí, donde tenía que estar, en su ermita, vigilante de los campos y las vidas de su gente: “Niño, coge el coche y vamos a ver a Mamá Araceli”- me decía – y yo le veía con igual unción arrodillarse ante la Virgen, pedirle en silencio él sabría qué ayudas, y luego disfrutar la naturaleza alrededor de su santuario y quizás inspirarse en ella para su próximo romance.

Tanto los temas de la Semana Santa como los de la Virgen los vivía de una forma muy humana, y eso se ve reflejado en sus poesías. Los Cristos eran sufrientes, las Madres dolorosas y guapas, el Niño Jesús juguetón y los ángeles traviesos. Nada demasiado sobrenatural. Que era Dios el que sufría lo daba por descontado, pero le interesaba especialmente su tragedia, sus sentimientos, más que la teología de la salvación que había detrás. Y además, en su poesía, hacía participar a toda la naturaleza de la tragedia. Ni la última hierba del campo podía estar indiferente ante el drama de la Pasión o el esplendor de la Virgen.

Por motivos familiares tuvo sentimientos especiales con la Virgen de Piedra. Al verla en la calle se le removían sentimientos de recuerdos de sus seres queridos ya ausentes, muchos de los cuales fueron fundadores de la cofradía matriz en la que esa imagen estaba integrada. Mi padre tuvo la especial desgracia de perder a sus padres y hermanos de forma muy seguida y siendo él todavía relativamente joven, y esa Virgen era como un testigo del paso de ellos por la vida.

Nunca fue persona de muchas cofradías ni parroquias. Le recuerdo sólo en la Junta de la Cofradía de la Virgen de Araceli, pero pocos años, aunque llevaba siempre el escudo de la Virgen en su chaqueta y todos los meses de Mayo comenzaba el día con una visita a su Madre en la Parroquia de San Mateo, y estoy seguro de que no eran padrenuestros ni avemarías lo que le contaba, sentado en el último banco, sino que habría un diálogo directo del que sólo ambos sabían el contenido. Después, como Cantor de la Virgen expresaría todo eso en sus poemas, pero ese momento sólo era suyo, sin posibilidad de ser compartido. Ella lo protegió con su manto, le acompañó en su muerte y lo arropó en su entierro, aquella tarde de abril, esplendoroso día del libro, que escogió para despedirse.


 

La guitarra

 

Aire de limón y noche.
A los azahares sube
el temblor de tus acordes.

Desde pequeño tengo la imagen de mi padre tocando la guitarra y enseñando a otros. Por mi casa pasaron muchos alumnos, aunque él decía que sólo dos habían aprendido realmente a tocar. También me enteré muy pronto de que una guitarra unió a mis padres. Comenzaron siendo profesor y alumna, después compañeros de orquesta y finalmente pareja enamorada. Con el poema “Tu guitarra y la mía” mi padre expresó claramente su emoción al recordar su encuentro. Por eso esta afición musical se vivía en mi casa con la misma naturalidad con la que íbamos al cortijo a la trilla o le veíamos hacer pedidos en las tiendas de comestibles. Era parte de nuestra vida familiar, y muy importante. A los hijos nos enseñaron solfeo y guitarra, lo que nos dio gran facilidad para poder entender mejor la música clásica.

En su relación con la guitarra mi padre fue menos lírico que con la poesía. La tocaba con dominio. No es que buscara el virtuosismo, pero le encantaban las piezas sonoras, brillantes, como “Asturias” de Albéniz o “Recuerdos de la Alhambra” de Tárrega. Obras más sencillas, más íntimas, como los “Preludios” del mismo Tárrega, le interesaron menos, salvo “Adelita” y “Lágrima”, que las tocaba con devoción. Recuerdo que a veces tocaba la guitarra mientras nos preparábamos para salir y tenía que esperarnos. Cuando al fin estábamos dispuestos y terminaba de tocar, lo hacía con varios acordes fuertes, casi agresivos, como diciendo: “Ahí queda eso”. Evidentemente también le veíamos emocionarse con otras piezas más románticas, pero siempre menos que con la poesía.

No sólo le gustaba la música que él ejecutaba, sino también oírla. En mi casa fuimos de los primeros en conocer la emisora de Radio Clásica. Yo llegué a aprender con él todas las zarzuelas y gran parte de la música española, especialmente Falla, Granados, Turina y Albéniz. También pasaba muy buenos ratos con su cuñado Fernando Chicano y con su sobrino Antonio Villa oyéndoles tocar el piano. Colaboró con ellos y con el maestro Moya aportando la letra de algunas de sus canciones, y tenían largas conversaciones sobre temas musicales. Tengo un gran recuerdo de tardes pasadas en casa de Antonio, alternando la audición de discos con comentarios de todo tipo e improvisaciones al piano. Le he agradecido siempre esos momentos tan felices que regaló a mi padre.

En mi casa siempre hubo recuerdos constantes de la pertenencia de mis padres y mis tíos a la orquesta de “Los amigos del Arte”, con el maestro Gordillo, en los años 30. Siempre había una buena ocasión para recordar aquella “Boda de Luis Alonso” en el Teatro Duque de Rivas de Córdoba, su gran éxito, o las múltiples anécdotas vividas por todos ellos en esa época. Con Gordillo mantuvieron mis padres una buena amistad durante toda su vida, siendo frecuentes sus visitas a mi casa cuando volvía a Lucena, y recordaban las serenatas que daban en aquella época y hablaban de los amigos perdidos. Siempre he asociado con mis padres todo el movimiento poético y cultural que comenzó con la generación del 27. Cuando veo un documental sobre esa época de ilusión en la que eran jóvenes y se conocieron entre notas de guitarra, tengo un especial recuerdo emocionado por toda aquella juventud, que se topó de pronto con la guerra y tuvieron muchos que cambiar las guitarras y bandurrias por los mosquetones.

 

 

Lo suyo

 

Caminar por tus veredas,
pisar la luz de tus campos
y dormir bajo tu tierra.

El amor fundamental de mi padre fue su familia, y dentro de ella, mi madre. No se concibe su vida sin ella. Le aportaba el amor, apoyo y sentido práctico que completaba su vida, a veces despreocupada, de poeta. Fue para él esposa, amiga y al final, enfermera. Para ella escribió el que puede ser su mejor poema: “Las manos de mi esposa”. Basta leerlo con atención para adivinar lo que significaba su pareja. Después, como es natural, sus hijos y sus nietos. No fue un padre especialmente expresivo. Su cariño era sereno y permanente, y callaba parte de sus sentimientos. Sus reacciones ante éxitos o problemas nuestros las conocíamos frecuentemente por referencias de mi madre o de terceros.

Mi padre nunca se hubiera imaginado fuera de Lucena. Para él su pueblo era algo único. Pero no era un localismo militante, de los que le llevaran a discutir o a despreciar a los demás, sino que estaba basado sólo en sentimientos. Y dentro del pueblo, su calle y su casa. Tenía necesidad absoluta de su casa. Cuando salía de ella contaba los días que le faltaban para volver. Tenía que ver su patio, regar sus macetas y reposar en sus butacas, y así era feliz, especialmente en los últimos años de su vida. Nunca pensó en dejarla, aunque su antigüedad hiciera que resultara caro mantenerla. A base de continuos encalos, reparaciones y reformas logró mantenerla viva para poder morir en ella. Al final logró su deseo, como él quería, lejos de los hospitales y rodeado por los suyos.

El naranjo de nuestra casa en la calle Jaime era el único que sobrevivía en los alrededores, y se refugiaban en él muchos gorriones para pasar la noche. Esa presencia era muy valiosa para mi padre. Recuerdo aún impresionado que poco antes de morir el alboroto de esos pájaros le sacó de su sopor, y les dirigió lo que pudo ser su última mirada. Le doy a este hecho un carácter simbólico, pues retrata lo que fue esencial para él y el signo de su saber vivir.

Alrededor de este centro que era su casa y su pueblo, le podían gustar más o menos otras realidades, pero siempre las valoraba según la cercanía a Lucena. Cuando hablábamos de fútbol, decía que si jugaba el Madrid contra el Barcelona, él quería que ganara el Madrid, si era contra el Sevilla, apoyaría al andaluz, pero si el Sevilla o el Betis jugaban contra el Córdoba, él iría con los suyos, y así seguía hasta Cabra contra Lucena. No entendía, por ejemplo, que en los años cincuenta hubiera en Andalucía tantos partidarios del Bilbao, por entonces permanente Campeón de Copa, ni tampoco que los equipos tuvieran jugadores de fuera de su tierra.

Le interesaron todas las expresiones de la cultura lucentina, aunque no participara activamente en algunas de ellas. Por ejemplo, nunca tuvo presencia activa en la santería. Quizás su gran estatura le impidió integrarse en las cuadrillas. En realidad, no recuerdo muchos comentarios suyos sobre temas santeros. Sin embargo, en su poesía el santero está presente de forma continua, pero como visto desde fuera por un espectador sensible que aprecia la belleza del momento pero que no es actor en el mismo. El flamenco le interesó más como guitarrista, aunque su formación fue clásica y no practicó la guitarra flamenca, pero le gustaba oírla. No recuerdo en él grandes entusiasmos con las ferias. De todos es sabido cómo ironizó sobre la Feria del Valle en su célebre poesía. Le gustaban más los toros, ya que vivió ese ambiente con su padre. Yo creo que la Semana Santa y el Día de la Virgen eran sus fiestas preferidas.

Donde yo veo a mi padre más lucentino es en el uso del lenguaje. No sólo por el acento y la pronunciación, que daba a su voz una sonoridad especial y una música de sentencia solemne, sino en los giros, las metáforas o la frase ingeniosa rápida. Poseía el ingenio sentencioso del cordobés de siempre, pero muy rápido. Disparaba un comentario, una palabra adecuada o una broma con una rapidez que desconcertaba. Había personas en el pueblo que hasta se preparaban para sus encuentros con mi padre en la calle y era digno de ver los esfuerzos que hacían por responderle con la misma rapidez y acierto.

La Lucena que más le gustaba a mi padre era la del pueblo llano. Le atraían los ambientes populares, como el del mercado de abastos, también recogido en una poesía, y toda la gente con la que se encontraba y para los que tenía una frase rápida o un comentario. Si paseaba por el campo se interesaba por los trabajos que se estaban ejecutando y preguntaba por las variedades de las semillas y las técnicas de las labores. A veces algunas personas no entendían bien ese interés, pero generalmente se iniciaban conversaciones muy jugosas que hubiera sido interesante poder grabar.


Su poesía

 

Las palabras van de fiesta
con las palmas de tu rima
y tu canción de poeta.

Mi padre se dio a conocer como poeta con más de cuarenta años. Un día, teniendo yo ocho o nueve años, descubrí que entre las poesías de los libros y las antologías, se hablaba en mi casa de otras nuevas, distintas, escritas por mi padre: “Festejos lucentinos”, “Déjeme usted aquí en el cerro”,... No lo entendía al principio y creo que tardé en lograrlo. Constituyó una novedad muy importante, y desde entonces presenciaba a diario una nueva tarea en la mesa estufa: mi padre, silencioso, con una hoja de papel y un lápiz, llevaba la cuenta de la rima, y cuando estaba satisfecho, escribía y escribía largas tiras de versos con tachaduras enormes, que después pasaba a limpio y entregaba a mi tía Mercedes, que los devolvía al día siguiente, escritos a máquina, y se los presentaba con cierta solemnidad. En esos momentos mi padre, que nunca quiso recitar en público, lo hacía para su familia, y la pequeña sala se llenaba con su voz, levemente alterada, que insuflaba musicalidad en las viejas paredes que el brasero apenas podía calentar: Mi padre era poeta.

Por toda la casa, en hojas de calendario, en albaranes sin estrenar o facturas caducadas, fueron apareciendo romances, sonetos, quintillas, coplas,... que después pasaban al cuaderno en limpio y a las copias a máquina. Durante los años cincuenta y sesenta mi padre tuvo un ritmo de creación muy fuerte. A las poesías íntimas, familiares, se fueron uniendo las que imaginó para toda la vida de su pueblo y que se fueron publicando en la prensa local. Vino luego la publicación del primer libro, el prólogo de Pemán y su negativa eterna a recitar en público o a presentar su obra en actos culturales. Por eso muchos de sus paisanos sólo lo conocieron por su poesía, sin ahondar en su gran humanidad, aunque la adivinaban a través de los sentimientos que su obra descubría.

Por esa época de los años cincuenta yo le acompañaba mucho en sus paseos por el campo y presenciaba algunos momentos de su inspiración. Recogía las impresiones y después del paseo se sentaba y escribía. Un día saludó a un muchacho que pasaba vendiendo avellanas por el llanete de San Agustín y al día siguiente había escrito su poema al avellanero. Cualquier pequeño acontecimiento podía dar lugar a una poesía. Así nos educó en la sensibilidad, pues aprendimos que todo lo que sucediera a nuestro alrededor podía tener una expresión poética. Durante el resto de su vida aprovechó siempre acontecimientos familiares como nacimientos, comuniones o bodas para subrayarlos con pequeños versos, casi siempre magistrales, relacionados con lo vivido por la familia. En algunas ocasiones le dejábamos fotos para que las viera despacio y nos las devolvía con unas estrofas maravillosas en el dorso, con lo que se transformaban en recuerdos mucho más profundos.

Cuando un amigo de Argentina le envió el Romancero Gitano de Lorca, prohibido en esa época, su lectura fue un acontecimiento para todos nosotros. A mí, con catorce años, me lo dejaron leer con prevención, por lo de la casada infiel y demás, y me influyó de tal manera que llegué a aprenderme romances de memoria, como el “Romance sonámbulo”, que no entendía, pero me hechizaba. Y en verano, de noche, con el perfume de los limones derramándose sobre nosotros, mi padre elegía un poema del Romancero y lo recitaba con gran solemnidad ante el único auditorio aceptado: su familia. Tengo un recuerdo vívido de la escena, porque algo tuvo que cambiar en mi interior y comencé a escribir también poemas, distintos de los de mi padre, con otras métricas y rimas, y un buen día, en Radio Sevilla, leyeron un poema de cada uno. Creo que fue de los momentos de nuestras vidas en los que me sentí más unido a él.

En sus últimos años escribió miles de coplas, sentado en su butaca de siempre y con mi madre como apoyo permanente. Su poesía se hizo menos descriptiva y más profunda. En una ocasión, preparando yo unas oposiciones, hicimos una competición entre sus coplas y mis problemas de Matemáticas, a ver quién hacía más. Se lo propuse porque sabía que ahí estaba lo mejor de su obra, lo más íntimo, pero también más triste, ya que la muerte presentida y la separación consiguiente de mi madre fueron cambiando el tono de sus versos, algunos de los cuales encontramos después de su muerte medio escondidos. Su último cuaderno, manuscrito y tembloroso, fue su mejor adiós.

 


Especialmente, su bondad

 

Cuando muere un hombre bueno
pierden colores los campos
y quedan mudos los cielos

 

En realidad, mi padre fue ante todo un hombre bueno y sensible. Tenía sus defectos, como todos tenemos, pero no recuerdo haberle oído nunca críticas agrias de nadie, y si una persona le caía mal, sólo se permitía un comentario irónico, que casi siempre retrataba perfectamente a la persona. Hacía verdaderas caricaturas con palabras, pero yo nunca percibí mala intención en ellas. Por el contrario, sus hijos hemos presenciado desde niños sus gestos de generosidad y buen hacer. No tuvo ambición de dinero ni de poder. Se conformó con lo que le dio la vida y supo gozar de la belleza, de sus amigos y su familia sin deseos de otro tipo, que hubieran alterado su forma de vivir sin darle más felicidad.

Nunca cobró por una clase de guitarra, ni por ayudar a otras personas a llevar las cuentas de la aceituna, ni por perfeccionar las poesías que algún aprendiz le diera a leer. Tuvo por eso amigos muy leales. Puedo dar fe de ello. No eran muchos, pero muy cercanos. Se intercambiaban las ayudas y los favores, muy necesarios en los años duros que vivió nuestro pueblo antes del actual desarrollo. Yo fui testigo de mucha solidaridad entre labradores, muchas charlas en voz baja en las esquinas y entradas en los bancos de dos en dos, uno avalando al otro, al que estuviera más apurado en esos momentos. No hubo egoísmos alrededor de mi padre.

Perteneció a varias tertulias del pueblo, en las que encontró los amigos más leales. Eran grupos de personas muy diferentes entre sí, pero que compartían la inclinación a la conversación amena, el dicho rápido o la ocurrencia ingeniosa. Pero compartían algo más y se notaba claramente el interés que mostraban unos por otros. Recuerdo que cuando mi padre inició el coleccionismo de sellos tenía siempre cinco o seis sitios de Lucena en los que le guardaban con mucha constancia todos los sellos de la correspondencia, que después mi padre se entretenía en despegar y ordenar. El coleccionismo le ayudó mucho cuando llegó a la vejez e hizo que siguiera fomentado amistades de muchos años.

Al haber muerto muchos miembros de su familia, se encontró con orfandades inesperadas a su alrededor y tuvo que hacer de padre bueno con varios sobrinos. Mientras vivió no le faltó la visita periódica de todos ellos, y a mí, uno de los primos más pequeños, me daban a entender que tenía un padre muy bueno. Recuerdo una visita especial, no de la familia, sino de un hombre del campo que venía siempre con demostraciones de gran cariño por todos nosotros, y que yo no me explicaba, pues era un desconocido para mí, hasta que me contaron que mi padre le había dado albergue y trabajo en el cortijo cuando estaba llevando vida de mendigo, pidiendo por los campos.

Nadie elige a sus padres, pero a veces con ellos te llega un regalo especial. En el caso de mi padre, recibí tres herencias culturales que suelo repetir mucho cuando hablo de él: la palabra, la música y los números. Con estos últimos me gano la vida, pero los otros dos se me han dado como una gran riqueza, que compartimos toda su familia. Algunos de nosotros, hijos y nietos, hemos seguido con la guitarra clásica de forma intermitente, y a veces con la poesía. Pero no son las actividades culturales las que más importan. Hay un legado fundamental recibido de mi padre, superior a sus aficiones y destrezas, y es el habernos dejado lo mejor de sí mismo, esa sabiduría especial que nos contagió y que consiste en conocer dónde está lo mejor de la vida.


Cuando me duele tu ausencia
busco vivir en tus versos
lo que la muerte me niega.