Antonio Roldán

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¿Sabes abuelo?

Recuerdo publicado por su nieto Antonio Javier Roldán Calzado en su blog "La Máscara del bufón"

 

Existe una calle en Madrid, la Cuesta de Moyano, donde descansan los libros abandonados y donde miles de autores son rescatados del olvido por los visitantes curiosos. Aunque seguramente nunca encontraré allí su nombre, en estas fechas en las que se celebra el Día Internacional del Libro, quiero recordar a un poeta muy querido para mí.

Mi abuelo se fue hace veinte años. Dicen que, cuando se alejaba de nosotros, los pájaros que jugueteaban entre las ramas del limonero se alborotaron súbitamente ante la llegada del poeta. Era el Día Internacional del Libro del año 1988, cuando fue enterrado en el cementerio de Lucena (Córdoba). 


Hay personas de las que aprendes de sus silencios, de sus miradas perdidas o de las semillas que te dejan por el camino. No sé si es mi memoria de niño y adolescente la que me traiciona, pero le recuerdo así. Caminar con él era una lección magistral del amor a las pequeñas cosas, como el vuelo travieso de un gorrión, la flor que se buscaba la vida entre las piedras o las pinceladas que la tecnología te descubría en cualquier cachivache. 

Su casa era la prolongación de sí mismo, tanto que a través de cada uno de sus rincones aprendí a conocerle y quererle, aunque debo reconocer que he sabido comprenderle con el paso del tiempo. Siempre me extrañó su resistencia a mudarse a Madrid pero ahora, cuando leo sus poesías y veo la capital con ojos de adulto, comprendo que su pequeña patria estaba junto a aquel patio de jazmín, azahar y vida.
 

Cuando meses antes de morir pude presentarle a la que hoy es mi pareja, apenas dijo nada. Le ofreció su casa, lo que equivalió a entregarle su corazón, y me dejó una breve poesía, con su letra ya temblorosa, dedicada al amor que yo sentía por ella. Otra persona me hubiera dicho lo guapa que era o la buena pareja que hacíamos, pero él prefirió regalarme parte de su alma en unos versos.
 

Siendo niño, viviendo yo lejos de él, a 472 km de los de antes, recuerdo la llegada desde Madrid como una peregrinación al reino de la felicidad, donde mis cuatro abuelos preparaban sus casas para que sus nietos viajaran al país de las maravillas, paraísos de imaginación, juegos y secretos que todavía hoy aparecen en mis sueños. Él sabía que en los paseos me gustaba que me llevara a ver las cocheras de los autobuses y por eso en una de mis visitas mis abuelos me habían construido todo un garaje para mis coches de juguete que conservé hasta que las hormonas me hicieron cambiar de intereses.

 

¿Sabes abuelo? Ahora estoy intentando escribir. Nunca lo haré como tú, pero me hubiera encantado que me aconsejaras. Estoy publicando algunas cositas en Internet. En una de ellas hice un homenaje a tu casa, que es como hacérselo a ti mismo. Te lo dedico desde la memoria del niño que fui y que todavía viaja en la memoria al reino de la ilusión:

“…Abrió la ventana de doble hoja y se asomó a la barandilla del balcón que daba al patio. Su presencia fue saludada por decenas de pajarillos que  se movían por la copa de un viejo naranjo que reinaba entre aquel oasis de vida. Gruesas alcayatas herían las inmaculadas paredes sosteniendo los más variados y caprichosos recipientes, cuyo único parecido era el hueco que servía de asilo a una porción de tierra donde anidaban geranios blancos, rosas, rojos, damas de noche, helechos y otras plantas que no recordaba haber visto nunca. En el centro del patio un pozo descansaba bajo una chapa de hierro verde sobre la que había más tiestos que casi pasaban inadvertidos por los grandes macetones que rodeaban al conjunto. El aroma de las flores de azahar acompañaba al aleteo de los pájaros y las voces del patio, repartiéndose por los demás balcones de la casa, compitiendo con las gitanillas de flores multicolores que se derramaban por los barrotes como si cualquier rincón que no hubiera sido bendecido por la primavera hubiera quedado maldito hasta el invierno. Había conocido en Francia grandes jardines con variedades exquisitas, incluso pequeños espacios como aquel en las casas del sur, pero nunca hubiera imaginado que la resurrección de la naturaleza se tornara en explosión de vida en una simple lata de aceitunas vacía o en media botella de plástico colgada de una guita a un clavo oxidado… (“ El prisionero entre lágrimas de cera
")

(Dedicado a mi abuelo, el poeta Antonio Roldán Manjón-Cabeza
en el Día Internacional del Libro, y a mis otros tres abuelos por dejarme miguitas de ilusión por la vida.)