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Existe una calle en Madrid, la Cuesta de Moyano, donde descansan los libros
abandonados y donde miles de autores son rescatados del olvido por los
visitantes curiosos. Aunque seguramente nunca encontraré allí su nombre, en
estas fechas en las que se celebra el Día Internacional del Libro, quiero
recordar a un poeta muy querido para mí.
Mi abuelo se fue hace veinte años. Dicen que, cuando se alejaba de nosotros, los
pájaros que jugueteaban entre las ramas del limonero se alborotaron súbitamente
ante la llegada del poeta. Era el Día Internacional del Libro del año 1988,
cuando fue enterrado en el cementerio de Lucena (Córdoba).
Hay personas de
las que aprendes de sus silencios, de sus miradas perdidas o de las semillas que
te dejan por el camino. No sé si es mi memoria de niño y adolescente la que me
traiciona, pero le recuerdo así. Caminar con él era una lección magistral del
amor a las pequeñas cosas, como el vuelo travieso de un gorrión, la flor que se
buscaba la vida entre las piedras o las pinceladas que la tecnología te
descubría en cualquier cachivache.
Su casa era la prolongación de sí mismo, tanto que a través de
cada uno de sus rincones aprendí a conocerle y quererle, aunque debo reconocer
que he sabido comprenderle con el paso del tiempo. Siempre me extrañó su
resistencia a mudarse a Madrid pero ahora, cuando leo sus poesías y veo la
capital con ojos de adulto, comprendo que su pequeña patria estaba junto a aquel
patio de jazmín, azahar y vida.
Cuando meses antes de morir pude presentarle a la que hoy es mi
pareja, apenas dijo nada. Le ofreció su casa, lo que equivalió a entregarle su
corazón, y me dejó una breve poesía, con su letra ya temblorosa, dedicada al
amor que yo sentía por ella. Otra persona me hubiera dicho lo guapa que era o la
buena pareja que hacíamos, pero él prefirió regalarme parte de su alma en unos
versos.
Siendo niño, viviendo yo lejos de él, a
472 km
de los de antes, recuerdo la llegada desde Madrid como una peregrinación al
reino de la felicidad, donde mis cuatro abuelos preparaban sus casas para que
sus nietos viajaran al país de las maravillas, paraísos de imaginación, juegos y
secretos que todavía hoy aparecen en mis sueños. Él sabía que en los paseos me
gustaba que me llevara a ver las cocheras de los autobuses y por eso en una de
mis visitas mis abuelos me habían construido todo un garaje para mis coches de
juguete que conservé hasta que las hormonas me hicieron cambiar de intereses.
¿Sabes abuelo? Ahora estoy intentando escribir.
Nunca lo haré como tú, pero me hubiera encantado que me aconsejaras. Estoy
publicando algunas cositas en Internet. En una de ellas
hice un
homenaje a tu casa, que es como hacérselo a ti mismo. Te lo dedico desde la
memoria del niño que fui y que todavía viaja en la memoria al reino de la
ilusión:
“…Abrió
la ventana de doble hoja y se asomó a la barandilla del balcón que daba al
patio. Su presencia fue saludada por decenas de pajarillos que se movían por la
copa de un viejo naranjo que reinaba entre aquel oasis de vida. Gruesas
alcayatas herían las inmaculadas paredes sosteniendo los más variados y
caprichosos recipientes, cuyo único parecido era el hueco que servía de asilo a
una porción de tierra donde anidaban geranios blancos, rosas, rojos, damas de
noche, helechos y otras plantas que no recordaba haber visto nunca. En el centro
del patio un pozo descansaba bajo una chapa de hierro verde sobre la que había
más tiestos que casi pasaban inadvertidos por los grandes macetones que rodeaban
al conjunto. El aroma de las flores de azahar acompañaba al aleteo de los
pájaros y las voces del patio, repartiéndose por los demás balcones de la casa,
compitiendo con las gitanillas de flores multicolores que se derramaban por los
barrotes como si cualquier rincón que no hubiera sido bendecido por la primavera
hubiera quedado maldito hasta el invierno. Había conocido en Francia grandes
jardines con variedades exquisitas, incluso pequeños espacios como aquel en las
casas del sur, pero nunca hubiera imaginado que la resurrección de la naturaleza
se tornara en explosión de vida en una simple lata de aceitunas vacía o en media
botella de plástico colgada de una guita a un clavo oxidado…
(“
El
prisionero entre lágrimas de cera
")
(Dedicado a mi abuelo, el poeta Antonio Roldán Manjón-Cabeza
en
el Día Internacional del Libro, y a mis otros tres abuelos por dejarme miguitas
de ilusión por la vida.)
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