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Antonio Roldán |
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Ciruelas verdes Entrañable recuerdo de su hija Conchi
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Lo conservo como uno de los recuerdos más entrañables de mi niñez. Cuando mi padre volvía de la “Cañá de los Pinos”, yo iba corriendo al aparador… y allí estaban mis ciruelas verdes. Yo sentía pasión por los sabores ácidos y él era cómplice de ese capricho. Por fin llegó el día en que pude conocer ese paraíso: la Cañada de los Pinos. Mis padres habían considerado que ya tenía edad para andar, sin cansarme, el tramo que iba desde donde nos dejaba “el coche Córdoba” hasta el cortijo. Aún recuerdo ese día en el que viví paso a paso, de la mano de mi padre, todo lo que me había contado mi familia después de pasar temporadas allí. Todos los nombres, todos los recodos… La rama del ciruelo que desde detrás de una valla caía al camino, los garbanzos verdes, las habas de la propia mata, los trigales, los olivares… forman parte de los sabores y olores de mi niñez. Ir con él era como abrir un libro de ciencias naturales. Llegamos al cortijo y mi padre se fue a vigilar la era –¿Tendríamos brisa para aventar?–. Yo descubrí ese viejo molino de aceite, lleno de leyendas y misterio, la bodega, la higuera y el “monte de las pajitas”. Ninguna de estas cosas me decepcionó y, además, allí estaban Luisita y sus hermanos para jugar. La era, un lugar que yo tenía idealizado por todo lo que me había contado mi hermano, tampoco me defraudó: subir al trillo y enterrarme en paja con Luisita fue algo inolvidable. Por la tarde volvimos por el mismo camino y esperamos sentados a la sombra de aquellos álamos negros, maravillosos, que entonces adornaban la carretera. Papá, con su enorme mano en alto, paró a la Alsina y volvimos a Lucena. Las manos de mi padre eran, sin duda, vistas desde mi niñez, las que nos sostenían con fuerza al subir “vallaos” y cerros, las que tocaban como nadie la guitarra y las que –ayudadas por su navaja– igual me hacían un silbato de la vareta de un olivo que un canastito con el hueso de una aceituna. Le gustaba observar tanto el suelo como el cielo. Buscábamos juntos pedernal, cuarzo, yeso cristalizado y otros minerales, y probaba su máxima dureza haciendo chispas con el canto de su navaja. Al cabo de los años he conservado la pasión por la naturaleza que me inculcó mi padre. En mi casa del Valle del Tiétar ya no hay sitio para más piedras y disfruto en las fincas de mis amigos de las higueras, membrillos y olivos que también crecen ahí. Mi padre no era tan serio como aparentaba. Se reía de todo y de todos y le gustaba, a su modo, hacer travesuras. Recuerdo una vez que entró en casa con un tomo de la Espasa de la biblioteca del Ayuntamiento (a pesar de que estaba prohibido, convenció a su amigo el bibliotecario para sacarlo). Otro día me llevó, siendo muy pequeña, detrás de la Virgen en su entrada por la Plaza Nueva, entre los cohetes, debajo de su chaqueta. Todavía recuerdo el ruido, los colores, el olor… Luego crecí y dejé de ser una niña. Ya no cabía en su chaqueta y su mano ya no me sostenía. Pero ahora, a los sesenta años, me siento más cerca de él. Mis manos son iguales que las suyas, aunque más torpes. Hago poesías con mis nietos y camino con ellos por los senderos enseñándoles el nombre de las cosas. Todo lo que ahora soy se lo debo en gran parte a él. Escribo detrás de los papeles de los bancos, antes que en un inmaculado folio y guardo cuidadosamente el envoltorio y la cuerda de los paquetes como él hacía. Mis nietos, aún pequeños, van poco a poco conociendo a su bisabuelo, y estoy segura de que esta página web que ha creado mi hermano con tanto cariño y tantas horas de trabajo ayudará a ello. Estoy encantada y agradecida a todos los que han colaborado o simplemente se asoman a ella. Gracias a todos. Conchi
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