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Antonio Roldán |
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Recuerdos de D. Antonio Semblanza de su alumno de guitarra y amigo Francisco López de Ahumada Suárez
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Tarareo aún aquellas notas con la que nos iniciamos “punteando” en el manejo de la guitarra, que yo no llegué a dominar porque, en aquella rondalla o tuna de nuestro querido instituto, acabé tocando el laúd. Y recuerdo todavía la insistencia y la
paciencia, la seriedad y el buen humor con que trabajábamos aquellas lecciones,
muchas veces en la propia casa de Antonio Roldán en la calle Jaime. Alguna vez aquellos versos se oyeron a
través de una emisora de Jaén, pues allí quedó, en un verano del sesenta y
tantos, el libro de Antonio Roldan, “A la luz de mis velones”; en manos de un
locutor que cada semana declamaba poemas de autores andaluces. Le encantó el
libro. Y yo me quedé sin él hasta que lo recuperé muchos años más tarde en el
primer volumen de la Colección de escritores y temas lucentinos, en una de mis
escasas visitas a Lucena. Y yo, que me recuerdo aún ante él un ser pequeño, lo miraba como a un gigante admirable, como un modelo para vivir, como un ejemplo y, en todos los aspectos, como una cima bella e inalcanzable. Lo veo ya, tras el paso de tantos años,
no como a la pobre luz de un velón, de pabilo humeante y de indecisa lumbre
fluctuante, sino como una estrella con luz propia en el firmamento de hombres
lucentinos y en ese cielo en el que habitan todos los hombres buenos. Paco López de Ahumada Suárez
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